Crianza y familia • PsicoIntegra
“Poner límites sin culpa: por qué nos cuesta tanto”
La Dra. Delia M. Hinojosa Amavizca habla sobre el vínculo entre los límites y el amor, y por qué decirle que no a un hijo puede ser uno de los actos más generosos que existen.
— Muchos padres sienten culpa cuando le ponen límites a sus hijos. ¿Por qué ocurre eso?
Porque vivimos en una época que ha confundido el amor con la complacencia. Queremos que nuestros hijos estén bien, que no sufran, que no se enojen con nosotros, y el límite —que necesariamente frustra— se siente como lo contrario de eso. Hay también una tendencia cultural a identificar la buena crianza con la capacidad de satisfacer: si le doy todo lo que pide, soy buen padre, buena madre. Pero eso invierte la lógica. Los límites no son ausencia de amor: son una forma de amor que mira al niño que será, no solo al niño que llora hoy.
— Desde el psicoanálisis, ¿qué función cumplen los límites en el desarrollo de un niño?
Una función estructurante. El límite le dice al niño que hay un mundo con reglas, que no todo es posible, que los deseos tienen consecuencias, que existe el otro con sus propias necesidades. Eso, que suena duro, es en realidad lo que permite que el niño desarrolle tolerancia a la frustración, capacidad de espera, empatía. Un niño sin límites no es un niño libre: es un niño ansioso, que en el fondo siente que no hay un adulto lo suficientemente sólido para contenerlo. Los límites son también una forma de decirle: yo estoy aquí, yo estoy a cargo.
— ¿Por qué a algunos padres les cuesta más que a otros sostener los límites?
Generalmente tiene que ver con su propia historia. Quien creció con padres muy autoritarios puede querer hacer exactamente lo contrario con sus hijos, y en esa reacción pendular terminar siendo permisivo más allá de lo útil. Quien tiene dificultad para tolerar el malestar ajeno —y el llanto de un hijo es un malestar ajeno muy intenso— cederá antes de tiempo. Y quien necesita el amor y la aprobación de su hijo para sentirse bien consigo mismo tendrá problemas para poner límites que generen enojo, aunque sean necesarios.
— ¿Cómo se pone un límite de manera que sea claro sin ser agresivo?
Con firmeza y con calma, que son dos cosas que pueden coexistir. Un límite no necesita ser gritado para ser tomado en serio: lo que le da peso es la consistencia, no el volumen. Es importante que el límite sea claro y predecible: que el niño sepa qué se espera de él y qué ocurre si no se cumple. Y es importante también que los adultos a cargo estén de acuerdo: un límite que pone uno y el otro levanta no funciona. No porque los niños sean manipuladores, sino porque son inteligentes y buscan el camino que mejor conocen.
— ¿Qué le diría a un padre o una madre que siente que perdió la autoridad con su hijo?
Que es recuperable, aunque requiera un proceso. Que el primer paso es entender por qué pasó: ¿qué lo llevó a ceder una y otra vez? ¿Qué emoción se activaba cuando el niño insistía? A veces esa pregunta lleva a cosas muy personales, a historias propias que merecen ser miradas. Y que recuperar la autoridad no significa volverse autoritario: significa volver a ocupar el lugar del adulto que está a cargo, que cuida, que sostiene. Ese lugar, cuando está bien habitado, es un alivio para los niños, no una amenaza.
Psicoanalista • Especialista en psicoanálisis de niños y adolescentes • PsicoIntegra
Miembro de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM) e International Psychoanalytical Association (IPA)
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