Lo que los hijos sienten, aunque no lo digan

Lo que los hijos sienten, aunque no lo digan

Al revés: los niños sienten todo, y lo expresan constantemente, solo que no siempre a través de las palabras. Lo dicen con el cuerpo: con dolores de cabeza o de estómago que no tienen causa orgánica, con cambios en el sueño o el apetito. Lo dicen con la conducta: con rabietas, con retraimiento, con agresividad, con un rendimiento escolar que de pronto baja. Lo dicen con el juego, con los dibujos, con las preguntas aparentemente inocentes que en realidad tocan algo muy hondo. El problema no es que los niños no comuniquen: es que los adultos no siempre sabemos leer ese lenguaje.

Crianza y familia • PsicoIntegra

“Lo que los hijos sienten, aunque no lo digan”

La Dra. Delia M. Hinojosa Amavizca explica por qué los niños comunican más de lo que verbalizan y cómo los adultos podemos aprender a escuchar lo que no se dice con palabras.


— Se dice que los niños no saben expresar lo que sienten. ¿Es verdad?

Al revés: los niños sienten todo, y lo expresan constantemente, solo que no siempre a través de las palabras. Lo dicen con el cuerpo: con dolores de cabeza o de estómago que no tienen causa orgánica, con cambios en el sueño o el apetito. Lo dicen con la conducta: con rabietas, con retraimiento, con agresividad, con un rendimiento escolar que de pronto baja. Lo dicen con el juego, con los dibujos, con las preguntas aparentemente inocentes que en realidad tocan algo muy hondo. El problema no es que los niños no comuniquen: es que los adultos no siempre sabemos leer ese lenguaje.

— ¿Por qué a veces los niños no pueden poner en palabras lo que les pasa?

Porque el desarrollo del lenguaje emocional es un proceso que lleva años y que depende, en gran medida, de que los adultos cercanos les ayuden a nombrar lo que sienten. Si en casa las emociones no se hablan, si el llanto se corta con un “ya ya”, si la tristeza se trata como algo que hay que superar rápido, el niño aprende que ciertas cosas no se dicen. Y entonces las guarda, las somatiza, las actúa. También hay situaciones que los niños no pueden nombrar porque no tienen todavía los recursos cognitivos para entenderlas: sienten que algo no está bien, pero no saben qué.

— ¿Qué temas suelen cargar los niños en silencio?

Los conflictos entre los padres son quizá los más frecuentes. Los niños captan la tensión en casa, aunque los adultos crean que la esconden bien. También cargan las pérdidas —de un familiar, de un animal, del colegio de siempre, de un amigo— a las que los adultos a veces no damos suficiente peso. Las enfermedades en la familia, los cambios bruscos de rutina, las situaciones de violencia que presencian, aunque no sean el blanco directo. Y a veces cargan cosas que tienen que ver con ellos mismos: sentirse diferentes, sentirse poco queridos, sentirse responsables de algo que no es su responsabilidad.

— ¿Cómo pueden los padres crear condiciones para que los hijos sí puedan hablar?

La clave es la disponibilidad emocional: no solo estar físicamente, sino estar presente, receptivo, sin prisa. Los niños rara vez eligen el momento conveniente para contar algo importante: lo dicen en el coche, a la hora del baño, cuando uno ya está apagando la luz. Hay que tener antenas. También es importante que los padres normalicen las emociones difíciles: que en casa se pueda decir “estoy enojado”, “tengo miedo”, “estoy triste”, sin que eso genere alarma o rechazo. Y que los adultos también lo hagan: los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que se les dice.

— ¿Cuándo es necesario buscar ayuda profesional para un niño?

Cuando los cambios de conducta son persistentes y significativos: cuando el niño que era activo y sociable se vuelve retraído durante semanas, cuando los dolores físicos no tienen explicación médica y se repiten, cuando hay regresiones —mojar la cama, chuparse el dedo— en niños que ya habían superado esas etapas, cuando hay agresividad intensa o miedos que interfieren con la vida cotidiana. También cuando un niño ha vivido algo significativo —una pérdida, un cambio brusco, una situación de violencia— y no hay espacio en casa para procesarlo. No hay que esperar a que el problema sea grave para buscar apoyo.

Dra. Delia M. Hinojosa Amavizca
Psicoanalista • Especialista en psicoanálisis de niños y adolescentes • PsicoIntegra
Miembro de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM) e International Psychoanalytical Association (IPA)
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