La intimidad extraviada: cuando ya no se sabe qué es una amistad

La intimidad extraviada: cuando ya no se sabe qué es una amistad

Por Delia M. Hinojosa Amavizca

Cada vez veo más adolescentes y adultos jóvenes que no logran distinguir entre un conocido, un amigo y una amistad íntima. Parecería un detalle menor, pero no lo es: de esa diferencia depende la salud de la vida afectiva. Cuando esa brújula falla, aparecen dos escenas clínicas muy frecuentes: por un lado, jóvenes que cuentan su intimidad a cualquiera y luego se sienten perseguidos, amenazados o expuestos; por el otro, quienes no pueden sostener una amistad, se asustan de la cercanía y terminan aislándose.

Lo paradójico es que ambos extremos nacen de una misma dificultad: sostener la intimidad como algo gradual, con límites y con ritmo.

Conocidos, amigos y confidencias: tres mundos distintos

Un “conocido” es alguien con quien hay trato, afinidad, convivencia o simpatía. Puede ser alguien del salón, del trabajo, del gimnasio, del grupo o de redes. Hay cordialidad, incluso gusto; pero no existe un pacto psíquico de cuidado. Con los conocidos se comparte información, no necesariamente la parte más vulnerable de uno.

Un “amigo” es otra cosa: hay repetición confiable, interés real, reciprocidad. La amistad implica cierta permanencia —aunque se vean poco—, y sobre todo una cualidad: la experiencia de que el otro “vuelve”, de que sostiene un mínimo de continuidad. En una amistad se tolera la diferencia y se atraviesa el conflicto sin que todo se rompa al primer desacuerdo.

Una “amistad íntima” requiere un nivel aún más delicado: no se trata de “contarlo todo”, sino de poder ser visto sin quedar a merced del otro. La confidencia no es un desahogo sin filtro; es un acto que supone un vínculo ya probado, capaz de cuidar lo que recibe. Intimidad verdadera es aquella que tiene frontera.

 El error contemporáneo: confundir exposición con confianza

Hoy se ha vuelto común confundir la exposición con la cercanía. “Compartir” se entiende como mostrarse: decir, publicar, confesar, revelar. Pero la exposición no es confianza. La confianza se construye con consistencia, con cuidado repetido, con discreción, con la capacidad de no usar al otro como material.

Por eso algunos jóvenes, después de contar de más, se sienten perseguidos. A veces ocurrió una traición; muchas otras, no. Lo que aparece es la angustia de haber quedado vulnerable. Como si el yo dijera: “entregué algo demasiado pronto, sin vínculo suficiente que lo sostenga”. Se activa entonces la vergüenza —esa sensación de estar demasiado visible— y la fantasía de que el otro lo exhibirá, lo usará o lo ridiculizará. No siempre persigue el otro: a veces persigue la propia exposición.

Primer extremo: intimidad precipitada, vínculo inexistente

En algunos adolescentes y adultos jóvenes la intimidad se usa como un atajo. Contar lo más propio se vuelve una manera de lograr pertenencia rápida: “si te lo cuento, ya somos cercanos”. También funciona como una búsqueda urgente de continente: “si te entrego mi dolor, tú lo sostienes”. Y en ocasiones aparece como una prueba: “si no me cuidas después de que te conté, entonces no vales”.

El problema es que la intimidad no se impone: se construye. Cuando se usa como moneda de vínculo, queda un saldo de miedo. Por eso el paso siguiente suele ser la suspicacia, la desconfianza, la sensación de amenaza.

 Segundo extremo: aislamiento, miedo a la cercanía

El otro polo es el aislamiento. Jóvenes que no pueden alimentar una amistad porque la cercanía les resulta peligrosa. Temen depender, temen “deber” algo, temen perder el control. Cualquier demanda afectiva mínima se vive como invasión. Y como las amistades reales exigen tolerar frustraciones normales —que el otro no responda perfecto, que tenga vida propia, que a veces falle— entonces se elige la retirada.

Este retiro calma a corto plazo, pero empobrece la vida emocional. No es libertad: es refugio.

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