El móvil como tercero en la pareja: presencia, ausencia y retiro libidinal en la era digital

El móvil como tercero en la pareja: presencia, ausencia y retiro libidinal en la era digital

Hay algo que se pierde en las parejas de hoy que no siempre tiene nombre. No es la traición, no es el desamor declarado, no es el conflicto que estalla. Es algo más silencioso y, por eso mismo, más difícil de nombrar y de tratar: la desaparición gradual de la presencia psíquica del otro. Dos personas comparten una cama, una mesa, una vida cotidiana, y sin embargo algo esencial ha dejado de circular entre ellas. El vínculo existe en apariencia, pero ha perdido su densidad interior.

El móvil como tercero en la pareja: presencia, ausencia y retiro libidinal en la era digital

Dra. Delia M. Hinojosa Amavizca Psicoanalista | Directora de PsicoIntegra – Centro de Psicoterapia Integral

Hay algo que se pierde en las parejas de hoy que no siempre tiene nombre. No es la traición, no es el desamor declarado, no es el conflicto que estalla. Es algo más silencioso y, por eso mismo, más difícil de nombrar y de tratar: la desaparición gradual de la presencia psíquica del otro. Dos personas comparten una cama, una mesa, una vida cotidiana, y sin embargo algo esencial ha dejado de circular entre ellas. El vínculo existe en apariencia, pero ha perdido su densidad interior.

En la clínica lo vemos con frecuencia creciente. Las parejas no llegan porque se hayan dicho cosas terribles. Llegan porque dejaron de comunicarse; porque se miran sin verse. Porque el otro se ha vuelto una presencia familiar pero emocionalmente inaccesible. Y en el centro de muchas de estas historias aparece, casi inevitablemente, el teléfono móvil.

No es que el dispositivo sea el villano de la historia. Las cosas raramente son tan simples. Pero sí ocupa, cada vez más, un lugar psíquico que antes ocupaba el otro: el lugar del objeto hacia el cual dirigimos nuestra atención, nuestra energía, nuestro deseo de conexión.

Ser visto: la primera forma de amor

Winnicott escribió algo que, leído hoy, resulta casi profético: el rostro de la madre es el primer espejo en el que el bebé se reconoce. Antes de saber quién es, el niño se busca en los ojos de quien lo sostiene. Ser mirado es, en ese sentido originario, la primera forma de existir para otro. Y esa necesidad no desaparece con la infancia.

En la pareja adulta, la mirada sigue cumpliendo esa función estructurante. Que el otro nos mire, que nos busque con los ojos, que dirija hacia nosotros su atención genuina, no es un capricho sentimental: es una necesidad psíquica real. Cuando esa mirada se desvía de manera crónica hacia una pantalla, algo en el interior del vínculo comienza a resentirse. No siempre con un conflicto visible. A menudo con una tristeza difusa, con la sensación de estar solo estando acompañado.

André Green describió lo que llamó la madre muerta: no una madre ausente físicamente, sino una madre presente en cuerpo, pero retirada psíquicamente, hundida en su propio mundo, inaccesible emocionalmente. La imagen es perturbadora y útil. Porque algo de esa experiencia —la del otro que está, pero no está— se repite en muchas parejas contemporáneas, con el móvil como mediador de esa ausencia.

La pantalla como refugio frente a la angustia del encuentro

Encontrarse de verdad con otro es siempre un riesgo. El otro no es predecible, no es controlable, no siempre responde como esperamos. El vínculo genuino implica exponerse a la diferencia, a la frustración, a la posibilidad de ser decepcionado o de decepcionar. Bion lo formuló con precisión al señalar que toda relación auténtica exige una capacidad de tolerar lo que él llamaba la incertidumbre de no saber: estar con el otro sin necesitar reducirlo a algo conocido y manejable.

El dispositivo digital ofrece la ilusión contraria. Frente a la pantalla, el sujeto mantiene el control de la experiencia. Puede pausar, ignorar, desconectarse. Puede elegir qué mirar y cuándo. Es una relación sin el riesgo constitutivo que tiene el encuentro humano. Y esa diferencia, que parece menor, termina siendo enorme.

Ya advirtió sobre los peligros de lo que denominaba la desafectación: ese proceso por el cual el sujeto se desconecta progresivamente de su vida emocional para no tener que gestionarla. El móvil puede funcionar, en este sentido, como un instrumento de desafectación contemporánea: una vía de escape de la densidad emocional que implica vivir en relación.

Cuando la libido se retira del vínculo

Freud describió con claridad el mecanismo por el cual la libido —esa energía psíquica que nos mueve hacia los otros, que anima el deseo y el amor— puede retirarse del objeto externo y replegarse sobre el yo. Este proceso es necesario en ciertos momentos de la vida. Pero cuando se cronifica, empobrece el mundo interior y deja al vínculo sin su sustento energético.

Lo que vemos en la clínica actual es una variante de ese mecanismo: la libido no se retira hacia el yo, sino que se desplaza hacia el objeto tecnológico. La energía que antes iba dirigida al otro —su cuerpo, su voz, su historia, su deseo— ahora fluye hacia el feed, la notificación, el scroll interminable. El vínculo no se rompe. Se vacía.

Norberto Marucco, retomando a Freud desde una perspectiva latinoamericana, ha insistido en la importancia de la compulsión de repetición en la vida amorosa: tendemos a repetir los modos de relación aprendidos, incluso cuando nos dañan. En ese sentido, el uso compulsivo del móvil dentro de la pareja no es solo un hábito digital: puede ser también una repetición, una forma aprendida de no estar, de no dejarse tocar por el otro.

Lo que el cuerpo dice cuando las palabras faltan

Massimo Recalcati, en su lectura del amor contemporáneo, ha señalado algo que resuena profundamente con lo que observamos en consulta: el amor no es fusión ni completud, sino la aceptación radical de que el otro es irreductiblemente otro. Amar es, en ese sentido, soportar la alteridad. Y eso duele. Requiere trabajo psíquico, tolerancia a la frustración, disposición a la pérdida.

El móvil ofrece exactamente lo contrario: una relación sin alteridad real. Las pantallas nos devuelven lo que queremos ver, nos confirman en nuestras preferencias, nos protegen del encuentro con lo distinto. Son, en ese sentido, máquinas narcisistas. Y cuando ese modo de relación —controlado, confirmatorio, sin riesgo— se convierte en el modelo dominante, el vínculo con el otro real, con toda su complejidad y su exigencia, comienza a percibirse como una carga.

René Roussillon ha subrayado la importancia de lo que llama la simbolización primaria: esa capacidad de hacer psíquico lo que antes era solo corporal, de transformar la experiencia vivida en algo que puede ser pensado y comunicado. Esa capacidad se construye y se sostiene en el vínculo. Cuando el vínculo se empobrece, también se empobrece la capacidad de simbolizar, de poner en palabras lo que sentimos, de encontrarnos con el otro en el lenguaje.

Volver a elegir al otro

La solución no es tecnofóbica. No se trata de demonizar el móvil ni de proponer una vuelta imposible a un pasado idealizado. Se trata de algo más preciso y más exigente: recuperar la capacidad de elegir activamente al otro como objeto de investidura.

Estar presente no es solo estar físicamente en el mismo espacio. Es dirigir hacia el otro la atención, la curiosidad, el deseo de conocer lo que le pasa. Es tolerar el silencio sin llenarlo con una pantalla. Es sostener la mirada, aunque no haya nada espectacular que ver. Es, en definitiva, apostar por la densidad de lo real frente a la ligereza de lo virtual.

Las parejas que atraviesan este trabajo en terapia suelen describir una experiencia similar: descubrir que el otro seguía ahí, que no habían dejado de importarse, pero que habían construido entre los dos una distancia que ya no sabían cómo cruzar. El trabajo clínico consiste, muchas veces, en ayudarles a redescubrir ese camino. A recordar que el vínculo no se sostiene solo con la convivencia, sino con la decisión cotidiana, renovada, de estar presentes el uno para el otro.

Porque el amor, como ya intuía Freud y como la clínica confirma cada día, no es un estado que se alcanza y se conserva. Es un acto. Un acto que requiere presencia, riesgo y, sobre todo, la voluntad de seguir eligiendo al otro.

Bibliografía

  • Bion, W. R. (1966). Aprendiendo de la experiencia. Paidós.
  • Freud, S. (1914). Introducción al narcisismo. En Obras completas, Vol. XIV. Amorrortu.
  • Freud, S. (1920). Más allá del principio de placer. En Obras completas, Vol. XVIII. Amorrortu.
  • Green, A. (1983). Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. Amorrortu.
  • Marty, P. (1990). La psicosomática del adulto. Amorrortu.
  • Marucco, N. (2007). Entre el recuerdo y el destino: la repetición. Amorrortu.
  • Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama.
  • Roussillon, R. (2015). Enigmas y paradojas de la simbolización. Psimática.
  • Winnicott, D. W. (1971). El papel de espejo de la madre y la familia en el desarrollo del niño. En Realidad y juego. Gedisa.

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